Me encantó leer este texto sobre el dolor que escribió Paloma Todd, comparto este sentir.
Muy en vibración con este bello escrito:
Hemos aprendido que nuestro dolor es un secreto que debemos guardar y como tal hace parte de la mitología del inconsciente. Es lo que pasa con todos los secretos
Para poder ser guardado, un secreto debe permanecer oculto. Esto implica agregar capas encima del secreto para evitar traicionarlo. Las adicciones suelen ser una gran estrategia de sobrevivencia para mantener enterrada, oculta la memoria. Es una estrategia que nos separa de lo que nos duele. Creamos distancia.
Pensamos que esto nos mantiene seguros: eso es lo que nuestra cultura nos enseña, es lo que en nuestras familias nos enseñan, pero en verdad nos separa de nuestra verdadera naturaleza, de nuestra esencia, de nuestra raíz, de nuestro conocimiento instintivo. Nos priva de saber usar la alquimia. El gozo de ser, de expresarnos en libertad, en toda nuestra humanidad.
Sostener nuestros secretos crea grandes sombras, puntos ciegos en nuestros paisajes internos, nudos duros y apretados que bloquean la luz de nuestro sol, la luz de nuestro verdadero yo. La luz de nuestra palabra. La luz de nuestra verdad. La luz de nuestra voz. La voz de la luz que somos en el corazón de la sombra y del dolor.
Depende de nosotros, en nuestro camino individual, hacernos conscientes de nuestro dolor. Al hacerlo arrojamos luz sobre los secretos colectivos. De ahí que todo liderazgo que denuncia abusos merece nuestro respeto, ya que una voz libre, una voz soberana, es también una voz escuchada en su resonancia y en su poder. Por lo que nombra y -sobre todo- por el lugar desde en cual nombra lo que nombra.
Esta es nuestra voz . Encontrar ese lugar íntegro, sano, libre, y seguro, requiere sumergirnos en las aguas prenatales, en las aguas de nuestro linaje, en las aguas de nuestro nacimiento, las aguas de nuestra infancia. Las aguas del pasado.
Para vivir esto no hace falta aislarnos. Este proceso no tiene que ser vivido en secreto. Podemos dejar el dolor pasar, que se exprese, que fluya, ahora mismo, contando nuestras historias, compartiendo la verdad de nuestras experiencias -tan naturales, tan humanas- de dolor y de vida.
El agua nos inspira a que seamos portadores y portavoces de nuestras historias, las de nuestra biografía y linaje. Somos la voz del agua. Somos la voz de la memoria.
Contemos nuestra historia. Rescatemos las historias de nuestra tierra, de nuestra comunidad, de nuestros ancestros. Rescatemos su dolor, rescatemos su gozo, su amor.
Busquemos los mitos que reúnen a los niños, niñas, jóvenes, ancianos en círculo en torno al fuego, en torno al tambor, al árbol, a la mesa y los alimentos. En torno al agua. Narremos. Cantemos.
Recuperemos el poder de resonar la memoria viva en palabras arcanas que honran una cosmovisión humanitaria tan rica como diversa.
Mitos compartidos para rescatar el hilo de la historia.
Narremos la tierra y nuestra pertenencia a ella. Y para narra la tierra nos tenemos que poder narrar a nosotr@s mism@s porque estamos hecho de lo mismo. Contar historias nos sana, nos une, nos teje, nos salva, nos hace reir, nos hace llorar, nos hace duelar, nos hace celebrar, nos hace encarnar juntos una misma voz.
Narrar es una tarea seria. Tan seria como saber que ahora mismo mueren hombres y mujeres por nombrar la verdad.
Estamos en medio de la amnesia occidental atrapados en las burbujas del privilegio tecnológico. En espacios asépticos, en vitrinas digitales. Detrás de los filtros y las pantallas, detrás de la censura y el miedo a nombrar, late viva nuestra verdad.
Mientras la tierra -la vida- queda cada vez más arrinconada, nuestra historia y nuestra voz es necesaria, está viva y es nuestra responsabilidad cuidarla.
Honremos el agua y la tierra de las palabras de pasado y llevemos el fuego al mañana, para que las futuras generaciones recuerden y honren el hilo de la vida. Aunque sean historias que abran las puertas del llanto, traen la voz del agua sanadora que nos reúne.
El saber cómo llevar nuestra historia, el contar nuestra historia, el sentirnos sostenidos por nuestra historia no solo puede salvar nuestra propia vida sino que también alimenta la vida en otros. Ahí nos reconocemos en unión.
Y si seguimos la voz del agua, el rio, el arroyo, la cascada, si nombramos sus pasos bordeando la roca, la orilla, cruzando el valle y braceando senderos de vida hacia la mar, encontraremos el eco de las palabras agua, de la voz de nuestras lágrimas, de pena, de alegría, de gozo y verdad que nos habitan.
Encontraremos su recorrido en nuestra biografía, la de nuestro linaje, la de nuestra familia y la de la tierra que nos vio nacer.
Y cuando narramos también recordamos los cimientos de la piedra hueso que somos.
Honramos la voz de la cueva, la estalactita, el fósil, el árbol vegetal que somos, el animal salvaje indómito que somos, el mito vivo que somos.
Esta arqueología que nos habita puede estar dormida, fragmentada como casa devastada y olvidada, como templos violados, como exilios forzosos. Pero el poder de nuestra voz, -aliento hecho palabra, sonido que rompe los hechizos de un mal sueño-, despierta y levanta las ruinas de nuestra vida. Este es el poder que tiene narrar.
Vamos más allá de nuestro nacimiento. Ahí en la historia -memoria- de nuestra agua uterina, la sangre de nuestra madre -que gota a gota formó nuestro cuerpo, nuestro tejido, nuestros huesos- nos damos cuenta que nuestra vida es un rezo al agua.
Agua de nuestro padre que fecundó a nuestra madre con el poder del sol hecho semen, el poder del trueno, el poder del cosmos y las estrellas. Y nuestra madre, hecha tierra, acogió y moldeó el cuerpo que hoy se hace tambor de agua, resonancia de palabras que viajan en el tiempo. La memoria en la mitocondria de nuestra abuela, en las células de nuestros abuelos, tatarabuelas, hasta viajar más allá del tiempo imaginable y recordar que esa voz de agua, es la de la piedra. La voz de nuestros huesos.
Porque es adentro- y abajo profundo- que encontramos la fuerza original, el poder que necesitamos para rescatar la voz del olvido de capas de condicionamientos, códigos invasivos que la condenan al silencio.

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