Llegó Octubre y de nuevo comencé a impartir los cursos de yoga y mindfulness en las universidades populares a diversos grupos de personas, este año con la peculiaridad del nuevo protocolo covid-19.
Llevamos ya un par de semanas de inicio del curso y ya se ha presentado una enorme caja de miedos que ha venido gestándose meses atrás en una conciencia colectiva anestesiada a la coherencia y al sentido común.
Desde cultura me envían el protocolo que han adoptado en todos los cursos: lavar a la llegada manos con gel hidro alcohólico y a la salida, desinfectar el material de la sala que se utilice, como los tacos, traer y llevar cada unx su propio material, colchoneta, zafu de meditación, cinta, mantita...vestuarios cerrados, y mas cuestiones para no aglomerar a las personas, el ratio por clase este año es de 8 personas y con la distancia de seguridad más que proporcionada, llegamos con mascarilla puesta, nos sentamos en la sala con mascarilla puesta, y según las coordinadoras de la UP el monitor o monitora deciden cuando quitarse la mascarilla en algún momento de la práctica. Pues señorxs, yo decido desde el comienzo quitarnos la mascarilla, me parece contraproducente que si venimos a yoga, donde una de las herramientas más importantes es la respiración, respiremos con mascarilla puesta tan alegremente, no, lo siento, no lo concibo, casi es preferible que estas personas se queden en su casa y hagan el yoga en su casa, sin mascarilla, se pongan uno de los tantos tutoriales de yoga que existen en el mundo y disfruten de su respiración y movimiento libremente, sería mucho más sanador que estar respirando un aire viciado en todo momento.
Me acusan de imprudente porque alguien les comunicó a casa de cultura que hago las prácticas sin mascarilla, y todxs lxs demás profesores de cultura si la llevan, me ponen el grito en el cielo y me presionan para que promueva el uso obligatorio de la mascarilla, primero en mi como ejemplo, y seguidamente para el resto de alumnxs, algo que no estoy haciendo porque va en contra de lo que siento.
Al inicio de las clases intenté generar un espacio para el diálogo, para que cada persona compartiera como se sentía frente a la situación actual y que pensaba sobre el tema de la mascarilla en clase, yo tenia muy caro que es lo que yo quería hacer y sentía hacer, pero en un grupo hay que contar con todas las diferentes sensibilidades que hay en él y construir juntxs para un mayor bien del círculo, sin imponer, desde la escucha, desde la presencia, desde la diversidad, para crear mejor cohesión grupal.
Casi todas las personas expresaron, que, aunque les inquietaba todo lo que estamos viviendo en esta etapa de vida, querían hacer la practica sin mascarilla, había muy poquitas personas que preferían llevarla y respetaban que lxs demás no se la pusieran. Así que despegamos haciendo las prácticas sin la mascarilla.
A los pocos días, me llamaron de cultura que tenía que hacer las prácticas con mascarilla, si o si, obligatoriamente, no salía de mi asombro, así que intenté no entrar en la rabia y el enfado, porque la primera impresión fue de mandar todo al carajo, me niego a impartir las clases con mascarilla, aunque todxs lxs demás profes lo hagan, pero entonces recordé una frase que tengo colgada en mi casa, un cuadro que hace poco creé y disfruté mucho pintándolo; "Estoy viva y he venido a jugar".
Así que intenté jugar al juego de la imposición y al juego de la mascarilla, intentando ser fiel a mis principios y al sentir del grupo. Y aquí ando intentando ver el conflicto como una tensión evolutiva, muy apasionante esto, en los tiempos que vivimos, la verdad!
Reflexionando en casa, y también dialogando todxs, aún seguimos buscando o creando nuevas formas donde poder estar y practicar libremente y que todo el mundo se sienta a gusto y que nos permitan realizar la práctica de las clases sin problemas.
Una de las vertientes es practicar con la mascarilla por debajo de la nariz, pudiendo respirar abiertamente por nariz, tapando la boca solamente, y al final de la práctica, en la relajación, quitársela completamente quien quiera hacerlo.
Otra es confeccionar un escrito y que cada persona firme a nivel individual si quiere o no estar sin la mascarilla haciendo la práctica de yoga y mindfulness, que no es invención mía, que cada unx se hace responsable de su decisión, (que en realidad es a lo que temen las instituciones a que les culpen de algo, ayyy, eso de la culpa la tenemos todavía en nuestras memorias más antiguas), en fin, que se haga un escrito como que el grupo pide hacer la práctica sin la mascarilla bajo su responsabilidad, y entregarla a la administración para que se pueda proceder en las clases según el usuario solicita.
Hay una frase de Raquel Wassabi, que me viene mucho en estos momentos y que así lo siento yo también en mi corazón salvaje:
Intento ver el miedo que hay ahí afuera, como parte de un mismo todo, como parte de un aprendizaje grupal y como una riqueza de esta convulsa energía cuando excede brutalmente su poder, porque así se llega a un lugar donde no hay otra escapatoria que liberarnos de él para poder vivir de verdad.
Declarémonos irremediablemente valientes, vivamos desde la libertad, para vivir plenamente en conexión con la vida, apoyándonos, creando espacios de sostén, de abrigo, de escucha, de construcción grupal, donde impere el sentido común y la claridad, que miremos al miedo a los ojos y también aprendamos a sonreírle.
Creo que voy a intentar jugar a el juego de la mascarilla lo mejor que sepa, aprendiendo de ello.
Las reglas están hechas para cumplirlas y el corazón para saltarlas si esas reglas están en distorsión a lo que verdaderamente sientes que tienes que hacer.
...Veremos en que queda todo esto, sea para el bien de todxs y de la vida!
Surya




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